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Los eslabones de la cadena musical
Por Carlos Laje para Not Made in China
Según un famoso artículo de Ronald Coase en 1937[1], las organizaciones existen debido a que ciertas operaciones económicas implican un grado de complejidad tal que no pueden ser llevadas a cabo en el mercado por los actores principales (comprador y vendedor), dado que ellos no poseen la infraestructura necesaria para manejar los costos transaccionales que éstas implican. De esta forma surgen las corporaciones que aportan expertise y masa crítica, haciendo más eficientes los intercambios. Cuando las operaciones son simples, comprador y vendedor se relacionan directamente. Cuando los costos de hacer negocio son demasiado altos para los individuos, es necesario que intervengan las corporaciones.En el 2008, Clay Shirky publicó su libro “Here Comes Everybody: The Power of Organizing Without Organizations”. En él, dándole una vuelta de tuerca al concepto del premio Nobel británico, plantea el concepto de “Coase’s floor”: aquellas operaciones tan minúsculas o irrelevantes que ninguna corporación se preocuparía por atender. De esta forma, se dividirían naturalmente las aguas. Las corporaciones voluntariamente no participarían de negocios minúsculos o bizarros y dejarían ese espacio a los propios actores económicos. ¿Pero qué pasa cuando la tecnología hace que negocios que hasta el día de ayer pertenecían al ámbito corporativo puedan ser fácilmente manejados como operaciones directas entre el comprador y vendedor? El negocio del arte y el entretenimiento está muy cerca de esta figura.
De acuerdo a la World Intellectual Property Organization[2], el objetivo del copyright es “Incentivar una cultura creativa dinámica mientras que se devuelve valor a los creadores de modo que puedan llevar adelante una existencia económica digna y al mismo tiempo se provee al público un acceso amplio y accesible a los contenidos”[3]. Esta declaración probablemente sea inapelable desde el punto de vista de su letra, aunque la realidad nos muestra que los derechos de propiedad intelectual, especialmente en el área de las obras musicales, en la mayoría de los casos no pertenecen a los autores de las obras sino a sus sellos discográficos. Las extensiones de períodos de vigencia de copyright que han sido implementadas regularmente durante los últimos años (particularmente llamativa fue la instauración del Bono Act [4]justo a tiempo para impedir que varios personajes de Disney cayeran dentro del dominio público) ni dignifican a los artistas, ni fomentan que los mismos generen más obra.
Si analizamos el negocio de la creación, producción y difusión de la música desde el punto de vista de Shirky, veremos que las operaciones que elevaban los costos de transacción de este mercado por encima del “Coassian floor” han comenzado a minimizarse. El motivo por el cual los sellos grabadores existieron durante gran parte del último siglo fue porque existían actividades imprescindibles para las cuales el músico no estaba preparado. Actualmente no es así.
Originalmente la grabación de un disco requería de un estudio y complejo equipamiento. Actualmente se puede hacer música basada en samples con un computador hogareño y programas open source.
El soporte físico de la obra musical (ya sea un CD o cualquier otro) ya no es ni siquiera necesario, ya que los discos acumulados en los muebles son más una molestia que un acervo. La música se guarda (y se escucha) en un disco duro, ya sea un computador, un iPod o la nube.
Si en el pasado era necesaria una compleja red de distribución física (disquerías, empresas de venta por catálogo, etc.) para hacer llegar el producto al consumidor final, en estos momentos fue reemplazada por Internet.
La comunicación y el marketing de un grupo u obra musical también cambió radicalmente. Los medios tradicionales (impresos y audiovisuales) ya resultan irrelevantes al momento de publicitar un nuevo producto. Actualmente las redes sociales y los sitios de recomendaciones de pares hacen ese trabajo.
Entonces, bajo este nuevo paradigma, ¿por qué un artista entregaría parte o todos los derechos de propiedad intelectual de su trabajo a una empresa por hacer aquello que él puede hacer mejor y más barato? El Coassian floor ha bajado lo suficiente como para que el mercado mismo elimine un eslabón innecesario e ineficiente de la cadena. Los sellos grabadores deberan encontrar una nueva forma de aportar valor dentro de esta estructura si no quieren seguir defendiendo un negocio arcaico e ineficiente en base a proteccionismo y millones de dólares invertidos en lobbying.
[1] The Nature of the Firm (R. H. Coase) http://www.jstor.org/pss/2626876
[2] http://www.wipo.int
[3] “To encourage a dynamic creative culture, while returning value to creators so that they can lead a dignified economic existence, and to provide widespread, affordable access to content for the public.”
[4] http://www.copyright.gov/legislation/s505.pdf
Litto Nebia y los derechos de autor o explotación
Litto Nebia publicó en Página 12 una nota interesante sobre “Como los derechos de autor (explotación)” no defienden al autor.
La Cámara de Diputados ha convertido en ley un proyecto que prolonga de 50 a 70 años los derechos de las compañías discográficas sobre los discos que alguna vez editaron. Y es una pena que el Congreso a veces no tenga información clara y real sobre lo que trata, porque esta ley sólo protege a las grandes compañías discográficas para que puedan seguir manipulando a su antojo centenares de álbumes de diversos géneros. Albumes que, en la mayoría de los casos, están bajo un contrato leonino en el que el artista no tiene la menor posibilidad de ver respetada su obra y mucho menos de percibir los derechos reales que le corresponden.
Si es autor, también se debilita el cobro de sus ingresos autorales. Pero lo más grave es que, en algunos casos, ha ocurrido que el manipuleo sobre la no edición de una obra es lo más parecido que hay al término “que te borren del mapa”.
Pensemos: el artista no tiene disco para trabajar, tampoco lo tiene para que siga vigente su obra, y si llega a reclamar que lo liberen, tampoco le permiten publicar su trabajo. Ni siquiera digo, a estar altura, pedirles que te devuelvan un master: aquí se trata de una verdadera Máquina de la Inconveniencia.













