Le Corbusier y las ideas

En el año 1923, en el Salón de Otoño, en aquella fecha en que algunos empezaban a expresar con cierta lucidez las formas de la arquitectura de cemento armado y que los epígonos, ya, aportaban al publico sus maquetas y sus dibujos, Mallet-Stevens me decía, “Deberíamos hacer registrar nuestras ideas, por lo menos protegerlas, con una marca convencional”.
Pero no, los hechos planteaban el dilema: la idea es fluida, es una onda que busca unas antenas. Las antenas están en todas partes. Lo propio de la idea es de pertenecer a todos. Hay que elegir entre dos fatalidades: Dar unas ideas o bien tomar unas ideas. De hecho, hacemos lo uno y lo otro; damos gustosamente nuestras ideas y, a título de recuperación, empleamos, explotamos para fines particulares, unas ideas diseminadas en todos los terrenos y que un día, total o parcialmente, vienen en nuestra ayuda. La idea es del dominio público. Dar su idea, ¡pues bien! Es sencillo; ¡no hay otra salida más que esta!
Por otra, que uno de su idea no es de ninguna manera causa de dolor o perdida. Uno puede sentir una profunda satisfacción, ajena en absoluto a la vanidad, al ver su idea adoptada por otro. De hecho, no existe otra razón en la idea misma.
Es la base misma de la solidaridad.

Le Corbusier. PRESICIONES, Respecto a un estado actual de la arquitectura y del urbanismo. Editorial Poseidón, Barcelona, 1978, p.261.

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